En política, dijo el gobernador Alejandro Armenta sin decirlo de manera expresa, también existen fronteras que no deberían cruzarse. Una de ellas separa la convicción del oportunismo; otra, el ejercicio del poder de la simple ambición por alcanzarlo.
En medio de la tormenta provocada por las diputadas Nayeli Salvatori Bojalil y Graciela Palomares, el gobernador de Puebla colocó sobre la mesa una definición elemental: pertenecer a un partido no consiste únicamente en portar sus colores, aparecer en sus boletas o buscar un cargo bajo sus siglas.
Militar, sostuvo, significa aceptar una historia, una doctrina y un conjunto de obligaciones.
“Quienes militamos en un partido tenemos la obligación de revisar el código de ética partidaria, la declaración de principios y el programa de acción. Son tres documentos básicos, además de los estatutos”, expresó.
Sus palabras surgieron mientras aún resonaban los comentarios realizados por las legisladoras poblanas contra personas adultas mayores, expresiones que encendieron la indignación pública y obligaron a Morena a revisar no sólo la conducta de dos de sus representantes, sino también la distancia que puede abrirse entre los principios escritos y el comportamiento cotidiano.
Armenta no pronunció una sentencia contra las diputadas. Tampoco anticipó castigos. Eligió, en cambio, recordar las reglas de pertenencia.
“Militar en un partido no es solamente buscar un espacio para obtener un cargo de elección popular. Cuando te afilias a un partido, te afilias a los principios, a la doctrina y a los valores”, afirmó.
La frase dibujó una crítica más amplia que el caso inmediato. Fue un llamado a quienes conciben a los partidos como vehículos para llegar al poder, pero olvidan que detrás de cada candidatura existe —o debería existir— una responsabilidad ética.
El gobernador llevó después la reflexión a su propia historia. Recordó que llegó a Morena hace una década, atraído por el proyecto de transformación que encabezaba Andrés Manuel López Obrador.
“Yo me incorporé a Morena hace 10 años y lo hice totalmente consciente, convencido de lo que el presidente Andrés Manuel López Obrador representaba. Para mí, es parte de mi propia conducta y de mi propia visión como político y ciudadano”, señaló.
En el fondo, el mensaje fue sencillo, aunque incómodo: los principios de un partido no pueden quedarse guardados en documentos que nadie consulta. Deben reflejarse en la palabra pública, en la conducta y en la forma en que se ejerce la representación popular.
La polémica por Salvatori y Palomares dejó así de ser únicamente una discusión sobre expresiones ofensivas. Se convirtió también en un espejo para Morena y para cualquier fuerza política: una oportunidad para medir la distancia entre lo que proclama y lo que sus integrantes hacen cuando tienen frente a sí un micrófono, una cámara o una tribuna.












